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2.1 Pertinencia de la Lectura

Pertinencia de la lectura

Para Barthes, la pertinencia es el punto de vista elegido para observar, interrogar, analizar los elementos de un conjunto, por lo que la falta de pertinencia en el análisis de los objetos de la lectura nos lleva a la imposibilidad de experimentar una anagnosis,en el análisis de la lectura no hay pertinencia de los objetos de la misma, ya que se leen textos, imágenes, ciudades, rostros, gestos, escenas, y en consecuencia no es posible unificarlos en alguna categoría sustancial o formal; lo único que se puede encontrar en ellos es una unidad intencional, es decir, el objeto que se lee está fundamentado en la intención de leer que proviene no de una semiología sino de una fenomenología. Tampoco se encuentra la pertinencia en el dominio de la lectura, puesto que resulta imposible describir niveles de lectura en tanto que no es factible cerrar la lista de ellos. Barthes explica que la lectura gráfica se inicia con el aprendizaje de las letras, de las palabras escritas, aunque hay lecturas sin aprendizaje técnico (las imágenes). Sin embargo, en esta lectura, el aprendizaje se encuentra en el orden de lo cultural, es decir, de lo simbólico. Una vez adquirido ese aprendizaje es difícil saber hasta dónde llegan la profundidad y la dispersión de la lectura, a lo que Barthes pregunta, en la captación de un sentido, ¿de qué clase es ese sentido?, ¿es denotado o connotado?… El autor en cuestión señala que tal sentido es ético, porque el denotado pasa por ser el sentido verdadero que funda una ley —por ejemplo, las verdades científicas—, mientras que la connotación, más libre en tanto que es evocativa, consagra un derecho al sentido múltiple y libera así la lectura: ¿es posible saber hasta dónde?, ¿es infinito ese sentido? No hay límite estructural que pueda cancelar la lectura, aunque también, en sentido inverso, se puede decidir que en el fondo de todo texto, por legible que haya sido en su concepción, queda un resto de ilegibilidad. El saber–leer puede controlarse, verificarse, en su estadio inaugural; sin embargo, muy pronto se convierte en algo sin fondo, sin reglas, sin grados y sin término. Barthes concluye que la in–pertinencia es “algo” congénito a la lectura. Luego, rescata ese “algo” y lo coloca en la dimensión del deseo. Así, el semiólogo francés afirma que toda lectura está penetrada de deseo y que por ello escapa a la anagnosología. Aunque toda lectura se produce en el interior de una estructura, por múltiple y abierta que ésta sea, la lectura no traspasa la estructura, porque la necesita y la respeta, sin embargo, también la pervierte al establecer su orden.

En cuanto al rechazo, Barthes cuestiona por qué no surge el deseo de leer. Responde que existe una huella de deseo —o de no deseo— que queda en el interior de una lectura, y utiliza tal situación para relacionar el acto de leer con la determinación de una ley: la marca casi ritual de una iniciación de lecturas “libres”, que difieren de los deberes universales de lectura y de los deberes particulares, ligados al “papel” con que el individuo se reconoce en la sociedad actual; la ley de la lectura actual (moda) ya no proviene de toda una eternidad de cultura (histórica), sino de una autoridad. Hay leyes de grupo, microleyes, respecto de las cuales debemos tener el derecho a liberarnos, y eso implica también la libertad de no leer.

Barthes vuelve a interrogar: ¿qué es lo que hay de deseo en la lectura? El deseo no puede nombrarse, pero hay un erotismo de la lectura, porque en ella todas las conmociones del cuerpo están presentes, mezcladas, enredadas: la fascinación, la vacación, el dolor, la voluptuosidad. La lectura produce un cuerpo alterado, aunque no fraccionado. Así, Barthes identifica tres tipos de placer suscitados por la lectura, o tres vías por las que la imagen de la lectura puede aprisionar al sujeto leyente: uno es el placer de las palabras, de ciertas combinaciones de palabras: en el texto se dibujan playas e islas donde el sujeto–lector, fascinado, se abisma, se pierde; el segundo se deriva de la sensación experimentada por el lector cuando, gracias al orden del suspenso, es arrastrado hacia delante a lo largo del libro por una fuerza que se va anulando poco a poco hasta desfallecer en la espera: pura imagen de goce, en la medida en que éste no es del orden de la satisfacción. El tercer placer es el que se acerca al lector vía la escritura. La lectura es buena conductora del deseo de escribir —no necesariamente la acción de escribir en realidad, sino tan sólo el deseo de escribir—, y al respecto Barthes cita al escritor Roger La–porte: “Una lectura pura que no esté llamando a otra escritura tiene para mí algo de incomprensible”. Desde esa perspectiva, afirma Barthes, la lectura resulta verdaderamente la producción de una forma de trabajo, y el producto (consumido) se convierte en producción, en promesa, en deseo de producción, y la cadena de los deseos comienza a desatarse hasta que cada lectura vale por la escritura que engendra, y así hasta el infinito.

En cuanto al sujeto —imaginar a un lector total—, Barthes encuentra lo que podría llamarse la paradoja del lector: se admite que leer es decodificar letras, palabras, sentidos y estructuras, por un lado, y eso es incuestionable, pero, por otra parte, al acumularse decodificaciones, ya que la lectura es, por derecho, infinita, se retira el freno que es el sentido, la lectura se coloca en rueda libre y el lector queda atrapado en una inversión dialéctica; finalmente, ya no decodifica, sino sobrecodifica; ya no descifra, sino produce; amontona lenguajes y deja que ellos lo recorran infinita e incansablemente: él es esa travesía.

Barthes concluye señalando que es razonable esperar una ciencia de la lectura, una semiología de la lectura, si creemos posible que ese día se produzca también una ciencia de la inagotabilidad, del desplazamiento infinito, puesto que la lectura es energía, acción que el lector captará en ese texto, en ese libro: exactamente aquello que no se deja abarcar por las categorías de la Poética. La lectura “sería la hemorragia permanente por la que la estructura [..] se escurriría, se abriría, se perdería [..] a todo sistema lógico”, y dejaría intacto a todo sistema lógico que nada puede en definitiva, cerrar conforme en este aspecto con todo sistema lógico, que nada puede, en definitiva, cerrar; y dejaría intacto lo que es necesario llamar el movimiento del individuo y la historia. La lectura sería precisamente el lugar en que la estructura se trastorna.

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